La fórmula Marvel se rompe: Adiós CGI, hola personajes
Reconozcámoslo: la fórmula Marvel llevaba tiempo ahogándose en su propio esquema, repitiendo patrones hasta el hastío. Con el tiempo he dejado de preocuparme por estos personajes y casi acudiendo a las salas esperando una chispa que ya no existe. Estamos en la fase de matrimonio antes de la ruptura, cuando la rutina se hace casi insoportable: CGI interminable, conexiones enrevesadas que exigen un máster en el UCM y esa sensación de estar viendo siempre la misma película con distintos personajes. Thunderbolts* ha llegado para lanzarlo todo por la ventana y entregarnos una historia independiente, entretenida y con alma, algo que hacía tiempo que no veíamos en el universo Marvel.
Esta vez, los protagonistas no son los héroes de siempre, sino un grupo de segundones y perdedores reclutados por Valentina Allegra de Fontaine para matarse entre ellos hasta que, sorpresa, terminan formando un equipo peculiar. Si todo recuerda al escuadrón suicida, las dudas se van pronto por la ventana porque lo mejor es que no necesitas saber quiénes son ni cómo han llegado hasta aquí. Puedes lanzarte a ver la película sin conocer cada detalle del UCM porque en su esencia, Thunderbolts* es una historia sobre la depresión y la búsqueda desesperada de conexión.
Al principio, la película parece seguir el esquema Marvel de siempre: escenas de acción, peleas y efectos especiales que recuerdan a otras entregas. Pero todo hace clic cuando Sebastian Stan entra en acción y el relato comienza a centrarse en los personajes. Es aquí donde la película encuentra su razón de ser: Florence Pugh.
Pugh no solo da la mejor interpretación del UCM hasta la fecha, sino que carga con el peso emocional del filme. Su personaje, roto por el trauma, navega entre la desesperación y la esperanza, y Pugh le da una dimensión que va más allá del típico héroe de cómic. Cada mirada, cada gesto, cada línea de diálogo transmite ese dolor contenido que amenaza con explotar. Y junto a ella, Bob aporta el toque humano, el contrapunto cómico y vulnerable que equilibra el tono y evita que la película se hunda en el drama absoluto.
Jake Schreier, director de la excelente Robot & Frank, demuestra un control entre lo humano y el espectáculo digno de admirar. Deja respirar los momentos entre personajes, permitiéndoles conectar sin forzar la narrativa. En lugar de saturar la pantalla con CGI, opta por una paleta más terrosa y grisácea, un contraste muy efectivo con el colorido y la saturación que tanto ha caracterizado a Marvel. La fotografía refuerza el tono deprimente pero esperanzador del relato, aportando un aire crudo y casi melancólico que recuerda a las cintas de los años 70.
Y luego está el clímax. Aquí Schreier maneja la tensión con maestría. La acción no es solo acción; está cargada de significado emocional. Cada golpe, cada mirada, cada decisión de los personajes tiene un peso que te mantiene pegado a la pantalla, un efecto que no sentía desde la primera Guardianes de la Galaxia.
En resumen, Thunderbolts es un acierto inesperado que demuestra que Marvel aún puede sorprender cuando se atreve a romper sus propias reglas. Es una película imperfecta, sí, pero que logra convertir a un grupo de perdedores en protagonistas de una historia profundamente humana, divertida y conmovedora.
Estoy aquí para ver más de estos personajes. Y después de esto, espero que Marvel también.
