La bola negra: Los Javis firman una de las grandes películas de la historia del cine español
«La tierra hay que arañarla porque este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos». Esa frase, junto con la imagen de la tierra sembrada de charcos de sangre mientras unas enfermeras buscan supervivientes entre los cadáveres amontonados en un camión durante la Guerra Civil española, es una de las muchas cosas que no consigo borrarme de la cabeza después de ver La bola negra, la película con la que Los Javis se han consagrado definitivamente como dos de los grandes creadores de la historia audiovisual de nuestro país.
La bola negra es ambiciosa, valiente, emotiva, vulnerable y, al mismo tiempo, extraordinariamente segura de sí misma. Una historia de amor que atraviesa décadas, un homenaje irrenunciable a la memoria histórica y, sobre todo, un ejercicio cinematográfico de una madurez apabullante que consigue algo tremendamente difícil: construir un relato de dimensiones épicas sin perder nunca la intimidad de sus personajes. Porque, aunque Javier Calvo y Javier Ambrossi se proponen abarcar generaciones, acontecimientos históricos, transformaciones sociales y heridas que se transmiten de padres a hijos, jamás permiten que la grandiosidad de su propuesta eclipse a las personas que la protagonizan. Hay tanta emoción en un primer plano como en esos paisajes inmensos que parecen guardar bajo tierra los secretos de quienes los habitaron.
Lo verdaderamente extraordinario es que, a pesar de abordar asuntos tan enormes como la Guerra Civil, el fascismo, la represión de la homosexualidad o las consecuencias emocionales de una dictadura, la película nunca deja de ser una historia profundamente humana sobre la necesidad de amar y ser amado, sobre el deseo de pertenecer y sobre el precio que demasiadas personas han tenido que pagar simplemente por querer vivir siendo quienes realmente eran. Su reflexión política tampoco se limita al pasado, porque hay una mirada muy consciente hacia nuestro presente, hacia una sociedad que parece dispuesta a olvidar que muchas de las libertades de las que hoy disfrutamos nacieron de historias desgarradas, de vidas rotas y de amores que nunca pudieron existir a plena luz del día.
El guion, escrito por Los Javis junto a Alberto Conejero, parte de una obra inacabada de Federico García Lorca para levantar una construcción narrativa que me parece sencillamente magistral. No se conforman con adaptar el universo lorquiano ni con rendirle homenaje, sino que consiguen apropiarse de sus obsesiones, sus símbolos, sus silencios y su manera de entender el amor, la muerte y el deseo para hacerlos dialogar con una historia que posee una personalidad cinematográfica absolutamente propia. Hay algo profundamente lorquiano en esta película, desde luego, pero también algo que pertenece exclusivamente a Los Javis, que han sabido transformar sus influencias en una voz propia sin renunciar a la teatralidad, el exceso, el humor, el melodrama o esa sensibilidad que siempre ha caracterizado sus trabajos.
La película se articula alrededor de tres historias situadas en diferentes momentos de nuestra historia, aunque lo verdaderamente fascinante es la forma en la que esos relatos terminan comunicándose entre sí. En 1932 conocemos a Carlos, un joven de buena familia que aspira a entrar en un exclusivo casino social, donde su aceptación depende de una ceremonia en la que los miembros depositan bolas blancas o negras para decidir si merece formar parte de su círculo. La sospecha de su homosexualidad basta para convertirlo en un paria dentro de una sociedad que considera mucho más importante preservar las apariencias que permitir a sus miembros ser felices. Ese sencillo mecanismo de aceptación y rechazo, que da título a la película, se transforma en una metáfora tan terrible como poderosa sobre quién tiene derecho a ser, quién decide las normas y cuántas vidas han quedado condicionadas por el juicio de los demás.
En 1939 seguimos a Sebastián, un joven trompetista que acaba absorbido por el absurdo y la brutalidad de una guerra que apenas comprende y que termina enamorándose de Rafael, un prisionero republicano cuya existencia parece tener los días contados. Finalmente, en 2017 encontramos a Alberto, un investigador que, tras recibir una inesperada herencia de su abuelo, comienza a desenterrar una historia familiar marcada por secretos, silencios y heridas que nadie se ha atrevido a cerrar. Tres hombres separados por las décadas, tres maneras diferentes de enfrentarse a su identidad y tres relatos sobre una misma necesidad de encontrar un lugar en el mundo, aunque ese mundo se empeñe constantemente en expulsarlos.
Porque una de las grandes virtudes de La bola negra es que no utiliza su estructura temporal como un simple rompecabezas que el espectador debe resolver. Lo que conecta sus tres historias no es únicamente el argumento, sino una corriente emocional que atraviesa generaciones y que convierte las decisiones de unos personajes en las heridas heredadas por otros. Hay una reflexión hermosísima sobre cómo el dolor también se transmite, sobre cómo los secretos familiares terminan moldeando a quienes ni siquiera conocen su existencia y sobre cómo recuperar una historia olvidada puede convertirse en un acto de justicia, pero también de reconciliación con uno mismo. La memoria histórica deja así de ser un concepto abstracto para adquirir un rostro, un cuerpo y unos sentimientos, porque detrás de cada nombre desaparecido hubo alguien que quiso vivir, que tuvo miedo y que probablemente amó mucho más de lo que pudo contar.
La claridad tan prístina de este guion, su capacidad para conjugar todos esos elementos sin perder nunca al espectador y la elegancia con la que encuentra conexiones entre las diferentes épocas me tuvieron absolutamente fascinado durante toda la proyección. No estamos ante una película complicada que pretenda demostrar su inteligencia a través de una estructura deliberadamente confusa, sino ante una obra enormemente compleja cuya inteligencia reside precisamente en la naturalidad con la que consigue que todo parezca sencillo. Los Javis saben cuándo detenerse en una mirada, cuándo permitir que una escena respire, cuándo introducir un contrapunto de humor y cuándo dejar que una imagen cuente aquello que las palabras no serían capaces de expresar.
Es inevitable que esa construcción narrativa me remita a Las horas, una de mis tres películas favoritas de toda la historia del cine, y creo que no exagero cuando digo que el guion de La bola negra se mueve en unas coordenadas de ambición y sofisticación comparables. Aquella película, basada en la novela de Michael Cunningham, ganadora del Pulitzer, conseguía entrelazar tres vidas separadas por el tiempo mediante una sensibilidad compartida, convirtiendo las emociones y los ecos entre sus protagonistas en el auténtico motor del relato. Los Javis logran algo similar al unir sus historias con un finísimo hilo de plata que atraviesa el tiempo, permitiendo que los gestos, los deseos y las decisiones de personajes que nunca llegarán a conocerse terminen adquiriendo un significado mucho mayor cuando los observamos en conjunto. No es que las tres historias funcionen individualmente y después encajen en un desenlace, sino que cada una modifica nuestra percepción de las otras, dotándolas de nuevas capas emocionales y convirtiendo el conjunto en algo infinitamente más poderoso que la suma de sus partes.
También me parece extraordinariamente inteligente la manera en la que la película se posiciona frente a la Guerra Civil, entendiendo que cualquier conflicto bélico es, ante todo, una historia de perdedores, aunque eso no signifique equiparar las responsabilidades de quienes provocaron la guerra con las de quienes tuvieron que sufrirla. Si todas las guerras dejan heridas irreparables, una guerra civil supone además la destrucción del propio tejido de una sociedad, la ruptura de familias, amistades y comunidades, y la creación de unos traumas que pueden sobrevivir durante generaciones. La película muestra cómo las ambiciones políticas, los intereses de los diferentes actores y la violencia de quienes se arrogan el derecho a decidir sobre la vida de los demás terminan aplastando a personas que, como Sebastián, ni siquiera comprenden del todo las razones por las que deben matar o morir.
Resulta especialmente estremecedor contemplar cómo una guerra transforma a personas corrientes en instrumentos de una maquinaria de destrucción, pero también cómo, incluso en medio de esa barbarie, sigue existiendo espacio para la ternura. La relación entre Sebastián y Rafael posee una vulnerabilidad desgarradora precisamente porque nace en un lugar donde el amor parece absolutamente imposible, y porque la película es capaz de encontrar belleza incluso cuando sabemos que esa belleza está rodeada por la amenaza constante de la muerte. En lugar de convertir a sus personajes en símbolos al servicio de un discurso político, Los Javis les permiten ser contradictorios, imperfectos, ingenuos y profundamente humanos. No estamos contemplando únicamente una historia de amor prohibido, sino una historia sobre la resistencia de los sentimientos frente a un mundo que pretende aniquilarlos.
Sin embargo, reducir La bola negra a un relato sobre la represión de la homosexualidad sería quedarse únicamente en la superficie, porque lo que la película explora es también la manera en la que una sociedad construye su propia memoria y decide qué historias merecen ser recordadas. Hay generaciones enteras de personas homosexuales cuyas vidas han desaparecido de los relatos oficiales, no porque carecieran de importancia, sino porque el mundo en el que vivieron les negó incluso la posibilidad de dejar testimonio de sus sentimientos. Esa recuperación de las historias silenciadas convierte la película en un acto de reivindicación que adquiere todavía más fuerza al trasladarse al presente, donde las conquistas sociales pueden parecer tan asentadas que corremos el riesgo de olvidar su fragilidad.
Pero si el guion me parece una auténtica barbaridad, todavía resulta más impresionante comprobar cómo esa perfección narrativa encuentra su equivalente en una propuesta técnica y artística absolutamente apabullante. Los Javis demuestran conocer profundamente la historia del cine y construyen un lenguaje visual en el que conviven referencias al mejor cine europeo y americano, desde la familia Coppola hasta Theo Angelopoulos, pasando por una sensibilidad británica y una concepción del espectáculo muy estadounidense. Hay secuencias de una belleza pictórica extraordinaria, movimientos de cámara de una precisión milimétrica y una utilización del paisaje, de los cuerpos y de la luz que convierten cada imagen en una extensión de las emociones de sus personajes.
La fotografía de Gris Jordana, el montaje de Alberto Gutiérrez y un diseño de producción que consigue recrear diferentes épocas sin que ninguna parezca un decorado contribuyen a esa sensación de estar contemplando una película en la que todas las decisiones responden a una misma visión artística. Me fascina especialmente esa convivencia entre el realismo histórico, el costumbrismo y un lirismo que por momentos roza lo sobrenatural, como si Los Javis entendieran que hay verdades emocionales que solamente pueden expresarse abandonando las convenciones de la realidad.
Hay también una herencia cinematográfica que me ha resultado especialmente emocionante, y es la del Almodóvar más visceral, más costumbrista y más arraigado en los personajes y en sus contradicciones. Los que somos admiradores del Almodóvar más de raza llevamos tiempo echando de menos algunos de esos elementos que definían sus películas, porque considero que, especialmente después de Volver, su cine se ha ido desplazando hacia una sofisticación formal cada vez mayor. Resulta fascinante comprobar cómo han sido Los Javis quienes mejor han sabido recoger parte de ese legado para transformarlo en algo nuevo y absolutamente personal.
No pretendo comparar a ambos cineastas como si uno tuviera que sustituir al otro. Sin embargo, contemplar la extraordinaria secuencia del flamenco de La bola negra y recordar el número de Amaia en Amarga Navidad, o comparar la manera en la que ambas películas abordan sus grandes temas con los subrayados políticos de Madres paralelas, me ha hecho apreciar todavía más la naturalidad con la que Los Javis consiguen integrar lo popular, lo político y lo profundamente emocional.
La banda sonora de Raül Refree es otro de los grandes prodigios de una película que parece incapaz de conformarse con hacer simplemente bien las cosas. Me han resultado muy evidentes las referencias a la inolvidable partitura de Philip Glass para Las horas, pero creo que reconocer esas influencias no resta un ápice de mérito a una composición que sabe encontrar su propia personalidad mediante sonidos y sensibilidades profundamente españoles.
Mención especial merecen los números musicales, porque me parece que Los Javis han conseguido algunas de las secuencias más extraordinarias que recuerdo del cine español reciente. La escena del flamenco es una absoluta barbaridad, una explosión de talento, tradición, teatralidad y lenguaje cinematográfico que demuestra hasta qué punto ambos directores entienden que la música puede narrar mucho más que un diálogo. Lo mismo sucede con las dos intervenciones musicales de Penélope Cruz, que posee esa capacidad casi sobrenatural de llenar la pantalla con su presencia y que, especialmente en su segundo número, alcanza una vulnerabilidad absolutamente desgarradora. Son secuencias que podrían haber quedado reducidas a momentos de lucimiento o simples homenajes al espectáculo, pero aquí están cargadas de significados, anticipaciones y lecturas que enriquecen el conjunto.
Porque en La bola negra no sobra un solo minuto y prácticamente todo está ahí por alguna razón. Cada canción, cada imagen, cada referencia artística, cada personaje secundario y cada aparente desvío narrativo termina encontrando su lugar dentro de una construcción que parece diseñada con una precisión extraordinaria. Lo más sorprendente es que esa planificación nunca se traduce en una película fría o calculada, sino precisamente en todo lo contrario: en una obra que parece estar desbordándose continuamente de sentimientos.
No quiero olvidarme tampoco de un reparto que entiende perfectamente el tono que exige una propuesta tan ambiciosa especialmente Álvaro Lafuente, Guitarricadelafuente, convierte a Sebastián en el corazón emocional de la película gracias a una interpretación de una delicadeza estremecedora.
Mención extra para Lola Dueñas, cuya Teresa representa de alguna manera las consecuencias emocionales de todo aquello que las generaciones anteriores nunca llegaron a resolver. Porque la represión no termina cuando desaparecen las leyes que la sostuvieron ni cuando mueren quienes la ejercieron, sino que puede seguir manifestándose en relaciones familiares fracturadas, en resentimientos difíciles de explicar y en una incapacidad heredada para expresar el afecto.
Y entonces llega ese tercer acto que, después de haber construido con una precisión casi matemática toda su arquitectura narrativa, decide abandonarse por completo al lirismo, a las emociones y a una libertad cinematográfica que vuela sin red. Me parece una decisión extraordinariamente arriesgada, porque la película deja de preocuparse por mantener los pies en la tierra y comienza a moverse en un territorio donde la memoria, la ficción, la historia y la poesía terminan fundiéndose, supone la culminación natural de todo lo que Los Javis han estado construyendo durante las horas anteriores.
De hecho, creo que esa desmesura final es una de las razones por las que la película me ha resultado tan fascinante. Después de haber atravesado décadas de represión, sufrimiento, violencia y silencios, el relato parece reivindicar el derecho del arte a transformar el dolor en belleza, a devolverles una voz a quienes nunca pudieron utilizarla y a imaginar una forma de justicia que la historia real fue incapaz de concederles. La aparición de Lorca como presencia que atraviesa el imaginario de la película adquiere entonces una dimensión especialmente conmovedora, porque su figura representa no solamente a uno de nuestros mayores creadores, sino también todas las posibilidades artísticas, humanas y sentimentales que fueron brutalmente interrumpidas. Lorca se convierte en la niña del abrigo rojo de la lista de Schindler, en la voz perdida de la guerra.
Hay algo profundamente hermoso en que una película nacida de una obra inacabada se convierta precisamente en una reflexión sobre todas las historias que quedaron sin terminar.
Por eso creo que La bola negra trasciende su condición de película histórica o de drama romántico y termina convirtiéndose en una reivindicación del propio poder del arte. De su capacidad para preservar la memoria, para desafiar los relatos oficiales, para encontrar belleza en medio del horror y para establecer conexiones emocionales entre personas separadas por décadas que, sin embargo, comparten los mismos miedos y deseos. Es también una celebración del cine como creación colectiva, de lo que sucede cuando guionistas, intérpretes, músicos, directores de fotografía, montadores y todos los departamentos artísticos trabajan al servicio de una visión común sin que ninguna de sus piezas quiera imponerse sobre las demás.
He salido de La bola negra con esa sensación tan difícil de encontrar de haber asistido a algo verdaderamente grande, una de esas películas que no se agotan cuando aparecen los títulos de crédito, sino que siguen creciendo en tu cabeza a medida que recuerdas sus imágenes, reconstruyes sus conexiones y descubres nuevos significados en escenas que creías haber comprendido perfectamente. Me parece una de las grandes películas de la historia de nuestro cine o, como mínimo, una de mis favoritas, y creo que Los Javis han demostrado que la ambición artística no tiene por qué estar reñida con la emoción, que se puede hacer un cine enorme sin dejar de hablar de personas pequeñas y que la verdadera grandeza de una película no depende de la cantidad de cosas que cuenta, sino de su capacidad para hacer que todas ellas importen.
Quizá por eso sigo pensando en aquella tierra que hay que arañar, en esos campos donde permanecen enterradas tantas historias de amor y en todas las vidas que nunca llegaron a convertirse en relatos. Porque la historia puede enterrar los cuerpos, borrar los nombres e imponer el silencio, pero el arte todavía tiene la capacidad de devolverles una voz. Y pocas veces he sentido esa idea con tanta fuerza como viendo La bola negra, donde, por encima de la violencia, el olvido y la muerte, termina sobreviviendo aquello que ningún régimen ha conseguido erradicar por completo: la necesidad de amar.
