“Muerte en Venecia”, de Luchino Visconti, es una de las películas más polémicas del maestro italiano. Desde su estreno tuvo que enfrentarse a críticas feroces por abandonar buena parte de la ambigüedad de la novela de Thomas Mann y convertirla abiertamente en una historia queer, en la que la fascinación homosexual del protagonista deja de estar escondida bajo metáforas o posibles interpretaciones. Para algunos su gran obra maestra decididamente queer y con lo mejor de su belleza visual como director. Para otros la muestra más evidente de sus defectos en la forma de llevar el argumento con muy poca sutileza destrozando la novela original.
Pese a que ambas acepciones pueden verse claramente, el contraste de su estilo y su forma conforman una cinta de una belleza exuberante y una incomodidad hipnótica que plantea en 2026 muchas cuestiones y teorías sobre una forma de vida desaparecida que puede extrapolarse a debates queer sobre la lucha interna de muchos homosexuales contra ellos mismos desencadenando en su propia extinción moral y personal.
La película narra la llegada a Venecia de Gustav von Aschenbach, un artista aristocrático que, agotado y cada vez más distanciado del mundo, busca recuperar algo parecido a la inspiración, aunque sea sin saber exactamente qué ha ido a encontrar. La respuesta aparece bajo la forma de Tadzio, un adolescente polaco que pasa las vacaciones con su familia y que encarna para él un ideal de belleza, juventud y pureza que terminará fascinándolo hasta la obsesión. Aschenbach lo contempla desde la distancia, lo sigue por los salones y las playas y proyecta sobre él todo aquello que siente que ha desaparecido de su propia existencia.
Visconti afronta esta historia de manera frontal, eliminando prácticamente cualquier atisbo de sutileza alrededor de un deseo que resulta inevitablemente incómodo porque está dirigido hacia un menor de edad. Aunque Aschenbach no llegue a actuar físicamente sobre sus impulsos, la mera existencia de estos condiciona su comportamiento y se mezcla con una crisis artística, intelectual y vital que la película desarrolla mediante flashbacks y discusiones sobre la belleza, la moral y el papel del artista.
El protagonista posee pocos rasgos que permitan empatizar fácilmente con él. Es un hombre antipático, clasista y profundamente desdeñoso con todo aquello que considera vulgar. Trata a los empleados como si fueran meras extensiones de su comodidad y observa a buena parte de la humanidad desde una posición de superioridad intelectual. Desde su primera discusión con el gondolero, el personaje queda retratado como alguien que siente escaso interés por los demás.
Sin embargo, cuando se ve confrontado por la juventud y la belleza de Tadzio, ese control comienza a resquebrajarse. El joven representa todo aquello que Aschenbach no puede poseer. En ese sentido, su fascinación puede entenderse como algo que va más allá de lo puramente erótico, aunque nunca pueda separarse del componente sexual y moralmente perturbador que atraviesa toda la película. Tadzio se convierte en la entrada a un laberinto del que Aschenbach ya no sabe, o quizá ya no quiere, escapar.
La tosquedad que puede achacársele al tratamiento tan poco ambiguo de esta obsesión —hasta el punto de que Tadzio parece en ocasiones consciente de las miradas e incluso juega con la atención de su admirador— contrasta frontalmente con la belleza visual de cada plano y con la elegancia absoluta de Visconti a la hora de mover la cámara, disponer los cuerpos dentro del encuadre y recrear una forma de vida que ya estaba condenada a desaparecer.
Vista en 2026, “Muerte en Venecia” también funciona como el retrato de una dolce vita perdida: una clase alta vestida con sombreros de ala ancha, gasas, encajes y trajes de lino, instalada en salones cargados de flores, cortinas y tapices. La cámara se pasea con calma por las playas venecianas, observando a los bañistas con sus antiguos trajes de baño, a los vendedores que gritan sus mercancías, a los músicos callejeros y a los artistas, escritores y pintores que comen fresas mientras parecen vivir y respirar únicamente para el arte.
Visconti consigue que habitemos el estado mental del protagonista y que, durante la película, sintamos que formamos parte de esos salones, de los largos desayunos servidos sobre manteles blancos, de las bandejas de repostería, las vajillas elegantes y las mesas preparadas con una precisión casi ceremonial. Sabe retratar como nadie una forma de vida perdida, refinada y seductora.
La belleza de la iluminación, el viento de siroco que atraviesa la ciudad y los desplazamientos en vaporetto contribuyen a que la película capture la elegancia de Venecia, pero también sus contradicciones. La misma brisa que mueve las cortinas y alivia el calor parece transportar la enfermedad. La misma agua que convierte la ciudad en una fantasía refleja también su putrefacción. Tras la fachada de los hoteles, los jardines y los paseos en góndola, la epidemia comienza a extenderse destruyendo lo que toca, incluida la ciudad.
Aschenbach descubre el peligro, pero en lugar de abandonar la ciudad decide permanecer y seguir a la familia polaca. Esa elección establece el vínculo definitivo entre su obsesión y la decadencia de Venecia. Cuanto más permite que sus sentimientos se apoderen de él, más se pudre la ciudad a su alrededor. La enfermedad exterior se convierte así en el reflejo de una corrupción interior que la película presenta con una potencia visual difícil de rechazar.
Tadzio va transformándose progresivamente: de ideal de belleza pasa a convertirse en una especie de ángel de la muerte. Aschenbach queda atrapado entre la contemplación de aquello que considera perfecto y la conciencia de que su deseo lo está destruyendo. Es víctima de su propia moralidad, de la culpa que ha aprendido a sentir y de un entorno cada vez más pestilente.
En este sentido, la escena de los músicos callejeros que irrumpen en el hotel resulta especialmente significativa. Su presencia parece contaminar el refinado ambiente burgués con el ruido, la vulgaridad, la risa y una fisicidad que los huéspedes preferirían mantener fuera de su mundo. Es una secuencia excesiva y poco sutil, pero también divertida, obscena e incómoda, que rompe momentáneamente la solemnidad del relato y actúa de bisagra con la epidemia en un espectáculo grotesco.
Otra de las cuestiones problemáticas que la cinta plantea es la culpa de la homosecualidad como tal, sus recuerdos con prostitutas jóvenes, no parecen estar sometidos al mismo juicio. Desde una mirada contemporánea, resulta inevitable debatir hasta qué punto “Muerte en Venecia” relaciona lo queer con la decadencia, la pedofilia y la destrucción.
Sin embargo, esa misma lectura permite entender la película como el retrato de una generación de hombres queer que nunca pudo vivir abiertamente sus sentimientos y cuyos deseos, reprimidos durante toda una vida, terminaron consumiéndolos. La obsesión se vuelve monstruosa no únicamente por el objeto de su deseo, sino porque ha crecido en el interior de un hombre que nunca aprendió a aceptar su propia vulnerabilidad.
Uno no puede evitar aplaudir la valentía de Visconti al llevar su interpretación de la novela hasta las últimas consecuencias y afrontar directamente una historia que sigue resultando incómoda en 2026, por lo que es fácil imaginar hasta qué punto debió de ser provocadora en el momento de su estreno. No ofrece una representación positiva de la homosexualidad y establece asociaciones más que discutibles, pero es precisamente en esa moralidad contradictoria, en la culpa y en la incapacidad del protagonista para reconciliar su deseo con su identidad, donde aparece el debate más interesante.
En última instancia, “Muerte en Venecia” es una película temáticamente fascinante, aunque su discurso esté desarrollado en ocasiones con una mano demasiado tosca y elimine cualquier atisbo de ambigüedad para afrontar la historia de frente. Esa ausencia de sutileza queda compensada por una puesta en escena de una belleza extraordinaria, capaz de sumergirnos por completo en una época, una ciudad y una forma de vida tan deslumbrantes como condenadas a desaparecer.
Visconti construye una película cargada de culpa, deseo, lujuria y decadencia, incómoda tanto por aquello que muestra como por las asociaciones que establece. Estes de una lado de la crítica o de otro siempre queda una cosa innegable y es que “Muerte en Venecia” es sin lugar a dudas, cine en estado puro.
