Caza de Brujas [2025] ★ · Una película tan pedante que da miedo

Caza de brujas – Reseña de la polémica película de Luca Guadagnino con Julia Roberts

He odiado esta película hasta un punto difícil de explicar. He odiado el visionado y, sobre todo, he odiado pensar más sobre ella, porque tiene uno de los guiones más nefastos, absurdos e incluso peligrosos que he visto en mucho tiempo.
Y con eso da igual que Guadagnino tenga estilo con la cámara —sí, hay planos de manos y encuadres bonitos—, o que Julia Roberts firme una de sus mejores interpretaciones en años.
Porque el guion es tan nefasto que parece escrito por un grupo de élites mayores, amenazadas por los cambios de valores y aterradas ante la idea de perder su poder.

En la cinta, el conflicto gira en torno a dos personajes y Alma (Julia Roberts) en el medio.
Él es un profesor universitario de esos “guays”: descalzo en los sofás de las fiestas, copa de vino en mano, hablando de filosofía frente a mesas llenas de libros que nadie ha abierto. Todo muy hipster académico, con cuadros apoyados en el suelo y discos de música clásica para cocinar.

Ella, Maggie, es negra, gay, sale con unx estudiante no binarie y, además, es hija de uno de los mayores donantes de la universidad. Una acumulación de circunstancias que alguien debería haber frenado: “Lo siento, puedes tener dos de esos rasgos, pero no todos, porque el punto que intentas hacer se desmorona”. Solo le falta ser de Murcia y fan de Alba Reche para completar el bingo de las minusvalías

Después de una fiesta, se van juntos y, a la mañana siguiente, Maggie visita a Alma para afirmar, en términos extrañamente vagos, que ha sido agredida por él.
¿Debería Alma creerla? ¿Apoyar a su amiga, que también es su rival por la titularidad? ¿Está Maggie enamorada de Alma? ¿Está inventando la acusación contra Hank? ¿O hay algo en el pasado de Alma que nuble su juicio?
La película nunca decide si quiere ser un thriller serio sobre moral contemporánea o un estudio de personaje sobre una profesora emocionalmente fría, atrapada entre la ambición y la culpa.

Y sobre el thriller… digamos que los adolescentes de las malas películas de terror toman decisiones más sensatas que Alma y Hank, supuestos titanes intelectuales que citan a Michel Foucault entre copa y copa.
¿Reunirse a solas con quien ha acusado a tu mejor amigo? ¿No saber que los mensajes se pueden usar como pruebas? Ridículo.
Hay incluso un subplot con una tesis supuestamente plagiada y una ambigüedad moral que la película cree estar explorando al estilo TÁR, pero que se queda en un “bla, bla, cultura de la cancelación, moral de masas…” y cero profundidad.
Oscila entre lo sombrío y lo irritante, y casi siempre cae en lo torpe.

El guion está lleno de giros absurdos: Maggie encuentra un sobre secreto en el baño de Alma, hay enfermedades que aparecen y desaparecen cuando el libreto no sabe cómo cerrar una escena, y las conversaciones sobre las acusaciones suenan tan poco reales que uno se pregunta si los guionistas han hablado alguna vez con un ser humano.
La exposición es tan confusa que pasas veinte minutos sin saber si el personaje de Julia Roberts está casada con Fred, cuya interpretación parece sacada de otra película.
La actuación de Michael Stuhlbarg es imperdonable. Absolutamente imperdonable.
Alguien debió entrar al set y decirle: “No. Absolutamente no”. Es como Johnny Depp en Piratas del Caribe: alguien debería haberlo detenido.

Chloë Sevigny interpreta a la jefa de relaciones estudiantiles y tiene un monólogo sobre lo difícil que es escuchar a los jóvenes hoy en día, porque “lo tienen todo y, aun así, se creen el centro del mundo”.
La película quiere hacerte creer que está diseccionando grandes temas de nuestra época confusa, pero mientras la veía solo pensaba: “Esto es aburrido, está mal actuado y peor escrito”.
Y cuanto más lo pienso, más paso de “no me gusta” a “la detesto activamente”.

Después me enteré de que está producida por Brian Grazer, el habitual socio de Ron Howard. Grazer votó a Trump en 2016 y, antes de que el proyecto existiera, declaró: “Yo estaba en el campo anti-woke; se volvió demasiado extremo, y esta película muestra el daño de eso al tratar las falsas acusaciones de agresión”.
Así que cualquier ambigüedad que creas ver… en realidad no existe.

Podrías analizarla políticamente, si quieres, pero yo solo la encuentro irritante.
Está mal hecha, es engreída, autosatisfecha, poblada de personajes en los que no crees ni un segundo, haciendo cosas absurdas.
Pertenece a ese subgénero estadounidense de películas sobre el mundo académico donde los seminarios nunca ocurren, los debates jamás sucederían y las enfermedades solo existen para rellenar guion.

La música, de Trent Reznor y Atticus Ross, es tan excéntrica y molesta como la película: una mezcla de “mira qué tiempos tan turbios vivimos” con relojes haciendo tic-tac porque alguien pensó que eso creaba tensión.

Y lo de empezar al estilo Woody Allen —créditos con tipografía blanca sobre fondo negro, acompañados de jazz— ya me parece el colmo del narcisismo. Es tan petulante, tan consciente de sí misma, tan satisfecha, que irrita al extremo.
La película dura demasiado y remata con un epílogo tan fatuo que debería haber sido eliminado.

He pasado de pensar “no me gusta” a “la detesto” a “cuanto más la pienso, más me irrita”.
Y créanme, sé la ironía de decir esto, pero  es lo más pedante y engreído que he visto en todo el año.
No es solo mala: es una película sorda a los verdaderos cambios que están ocurriendo, y que los usa únicamente como giros de guion sensacionalistas y vulgares.

Lo más pedante y engreído que he visto en todo el año.

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