Luger [Bruno Martín] [2026] · ★★★ 1/2

¿Qué pasaría si Guy Ritchie fuera un kinki de un polígono madrileño?

Estamos en una época en la que buena parte del cine de acción termina estrenándose directamente en plataformas y parece fabricado por un algoritmo que ha aprendido a reproducir el sota, caballo y rey del género. Son películas técnicamente competentes, llenas de disparos, persecuciones y actores reconocibles, pero con una falta de personalidad apabullante. Dentro del cine español los ejemplos son todavía más escasos y, cuando aparecen, no siempre transmiten la sensación de que exista una verdadera voz detrás de la cámara.

Por eso resulta tan fácil apreciar lo que Luger viene a aportar. Es una película que se siente muy nuestra, muy cañí, muy de polígonos, vías de tren, chatarrerías, bares donde la gente todavía va a jugar la partida y delincuentes con cadenas de oro que seguramente cuestan más que el coche que conducen. Luger responde a una pregunta que nadie había formulado hasta ahora: ¿qué pasaría si Guy Ritchie no fuera un pijo inglés, sino un kinki criado en la periferia madrileña? Después de ver la película, uno se alegra de que alguien haya decidido buscar la respuesta.

La trama reúne a dos sicarios, un abogado, un coche, una caja fuerte y una pistola Luger alrededor de una sucesión de traiciones, deudas y decisiones equivocadas que se desarrollan durante una sola jornada. El argumento no pretende reinventar el thriller criminal, pero sabe utilizar sus elementos con agilidad, lanzando a los personajes de una situación a otra sin permitir que la narración se quede detenida demasiado tiempo.

La película mezcla acción, thriller, comedia negra y cierto espíritu de cine realizado entre colegas. Esa última cualidad puede actuar en ocasiones como una limitación, pero también es una parte esencial de su encanto. Luger tiene algo de película levantada por personas que querían hacer exactamente este tipo de cine y que no estaban dispuestas a esperar a que la industria española decidiera darles permiso.

El escenario es fundamental. El polígono no funciona únicamente como un lugar barato en el que rodar persecuciones, sino como un pequeño ecosistema cinematográfico lleno de talleres, descampados, vías ferroviarias, chatarrerías y bares en los que todos parecen conocerse. La película entiende la personalidad visual de estos espacios y consigue que su universo criminal resulte cercano, reconocible y genuinamente español, en lugar de intentar imitar una ciudad estadounidense o un Londres que claramente no están ahí.

También existe una energía muy particular en sus diálogos rápidos, sus personajes secundarios y la manera en la que la violencia puede desembocar inesperadamente en el humor. La película siempre tira hacia delante con convicción y diversión, apoyándose en una banda sonora que comprende perfectamente el tono macarra de la propuesta.

Eso no significa que todo funcione con la misma precisión. Algunas interpretaciones evidencian la limitada experiencia de parte del reparto, existen decisiones de cámara algo extrañas y determinados momentos poseen un acabado más cercano al cine amateur de lo que probablemente pretendían sus responsables. Luger es una película tosca y sin pulir, aunque en esas aristas reside también buena parte de su personalidad. Intentar corregirlas por completo quizá habría eliminado precisamente la espontaneidad que la hace diferente.

Su mayor virtud es que nunca parece avergonzarse de lo que es. No intenta ennoblecer a sus personajes, pedir perdón por su vulgaridad ni disfrazar su procedencia detrás de una estética internacional. Abraza los polígonos, los bares, los coches destartalados y los códigos de una delincuencia de barrio que rara vez encuentra espacio en el cine comercial español.

Podría ser más sólida, tener interpretaciones más homogéneas y controlar mejor algunas decisiones formales, pero también posee algo que falta en muchas producciones mucho más caras: identidad. Se nota que detrás de ella existe una voluntad de hacer cine, de divertirse con el género y de demostrar que una película de acción española no tiene por qué parecer una copia descolorida de un producto estadounidense.

Luger es imperfecta, irregular y deliberadamente macarra, pero está viva. Dentro de un panorama lleno de películas de acción intercambiables, eso ya supone una pequeña victoria. No será la obra más refinada del género, aunque sí una propuesta con el suficiente encanto, ritmo y personalidad como para recomendarla y esperar con interés qué pueden hacer sus responsables cuando dispongan de más medios sin perder esa energía de polígono que aquí lo impregna todo.

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