Carrie ★★★★ · Más allá de la chica cubierta de sangre

Crítica de la serie de Mike Flanagan para Prime Video: una adaptación adictiva de Stephen King que amplía su universo, profundiza en sus personajes y tropieza cuando llega el momento de enfrentarse a su desenlace.

Carrie es la nueva propuesta de Mike Flanagan, que, una vez finalizada su etapa en Netflix, desembarca en Amazon Prime Video con la adaptación televisiva de la primera novela de Stephen King, publicada en 1974 y convertida en uno de los grandes referentes del cine de terror gracias, especialmente, a la película que Brian De Palma dirigió en 1976. Aquella cinta, protagonizada por una inolvidable Sissy Spacek y una terrorífica Piper Laurie, llegó incluso a los Óscar con dos nominaciones para sus actrices, inmortalizando una historia y, sobre todo, un desenlace que forman parte del imaginario colectivo, incluso de aquellos que nunca han visto la película.

A Mike Flanagan la mayoría lo conocemos por sus miniseries de terror para Netflix, como La maldición de Hill House, La maldición de Bly Manor, La caída de la casa Usher, El club de la medianoche y la que personalmente considero su mejor obra hasta la fecha, Misa de medianoche. Tampoco es ajeno al universo de Stephen King, al que ya se había aproximado con las adaptaciones cinematográficas de El juego de Gerald, La vida de Chuck y Doctor Sueño, la secuela de El resplandor con la que esta nueva Carrie guarda bastantes más similitudes de las que podríamos imaginar inicialmente.

Además, el próximo año llegará su nueva incursión en otra de las grandes vacas sagradas del género, The Exorcist: Martyrs, con Scarlett Johansson a la cabeza, por lo que estamos ante un creador que no solamente conoce perfectamente los mecanismos del terror y la obra de King, sino que tampoco parece tener demasiado miedo a enfrentarse a títulos que cuentan con legiones de seguidores dispuestos a cuestionar cualquier modificación de sus originales.

Sin embargo, las dudas aparecen cuando estas adaptaciones televisivas de películas que ya conocemos terminan convirtiéndose en una excusa para exprimir el reconocimiento de una marca, como ha sucedido con Resident Evil, Clarice, Damien o El exorcista, por no entrar en todas aquellas producciones que parecen películas de dos horas estiradas artificialmente hasta convertirse en ocho episodios, simplemente porque el mercado demanda más contenido y las plataformas necesitan nombres reconocibles con los que atraer suscriptores.

Personalmente, siendo Carrie una historia a la que tengo especial cariño y cuya fuerza reside en buena medida en el clímax de su último acto, tenía bastante curiosidad por descubrir cómo iba a abordar Flanagan una narración cuyo desenlace conoce prácticamente todo el mundo y, especialmente, cómo conseguiría mantener nuestro interés durante ocho capítulos sin que terminásemos deseando que alguien arrojase de una vez el famoso cubo de sangre. Tampoco ayudaba recordar aquel aburrimiento que fue La ira: Carrie 2, una secuela que demostró que ampliar el universo de una historia no significa necesariamente tener algo interesante que contar.

Pues bien, tengo que reconocer que el episodio piloto consiguió despejar buena parte de mis dudas porque Flanagan demuestra ser perfectamente consciente de que su público conoce el destino de Carrie White y, en lugar de intentar ocultarlo, decide jugar precisamente con esa familiaridad. La serie arranca construyendo un rompecabezas narrativo a través de distintas líneas temporales, fragmentos de entrevistas, testimonios y saltos hacia delante que recuerdan a la estructura documental de la propia novela, anticipando la tragedia mientras nos invita a reconstruir cómo se llegó hasta ella. Es una propuesta formal bastante atractiva, aunque también es cierto que la serie termina olvidándose progresivamente de parte de esta estética, pero que consigue algo fundamental en estos tiempos en los que cada estreno parece obligado a convencernos durante sus primeros diez minutos: despertar nuestra curiosidad.

Lo que hace Flanagan a continuación es someter la historia a un tratamiento similar al que ya aplicó en Doctor Sueño, ampliando considerablemente su universo y desplazando parte del protagonismo hacia personajes que anteriormente apenas tenían espacio para desarrollarse. De esta manera, Carrie se convierte por momentos en una historia coral de instituto, donde el acoso escolar, las jerarquías sociales, la popularidad y la crueldad adolescente adquieren una importancia que, personalmente, me parece uno de sus mayores aciertos. Porque, aunque estemos hablando de una adolescente con poderes telequinéticos y una madre dominada por sus obsesiones religiosas, lo verdaderamente terrorífico de esta historia siempre ha sido la facilidad con la que un grupo de personas aparentemente normales puede convertir la vida de alguien en un infierno.

La actualización al presente también funciona bastante bien gracias a la incorporación de las redes sociales, que permiten que la humillación deje de estar limitada a los pasillos del instituto y se convierta en un espectáculo permanente, imposible de controlar. Aquí aparece una especie de Gossip Girl cibernética, una Lady Whistledown de Los Bridgerton o incluso aquella misteriosa A de Pretty Little Liars, que se dedica a publicar secretos y alimentar conflictos entre estudiantes y profesores. Puede que no sea una idea especialmente novedosa, pero encaja dentro de un relato donde todos observan, juzgan y participan, activa o pasivamente, en una crueldad colectiva que se propaga con una facilidad escalofriante.

Esta ampliación del punto de vista también permite explorar con mayor profundidad las relaciones familiares y las consecuencias que las decisiones de los padres tienen sobre sus hijos, construyendo una especie de cadena de responsabilidades en la que nadie parece completamente inocente. Flanagan se toma su tiempo para mostrar cómo se forman las personalidades de estos adolescentes y cómo sus comportamientos están condicionados por unas circunstancias que no siempre conocen ni pueden controlar. No intenta necesariamente justificar sus actos, pero sí comprender qué les ha llevado hasta ellos, algo que contribuye a que buena parte de las decisiones de los personajes resulten orgánicas y consecuentes con lo que hemos visto anteriormente.

Uno de los mejores ejemplos es Chris Hargensen, la gran villana del instituto, interpretada por Alison Thornton, cuyo comportamiento durante los primeros episodios está tan exagerado y próximo a la caricatura que llegué a temer que acabaría produciéndome un rechazo absoluto. Sin embargo, la serie consigue ir introduciendo matices que, sin convertirla en un personaje simpático ni disculpar sus atrocidades, permiten comprender mejor su entorno familiar, sus frustraciones y esa necesidad enfermiza de ejercer poder sobre los demás. Es precisamente en este terreno donde Flanagan demuestra una de sus mayores virtudes como narrador, porque entiende que los personajes pueden ser despreciables sin necesidad de reducirlos a una única característica.

Algo parecido sucede con el equipo docente del instituto, cuya implicación en los acontecimientos me ha resultado especialmente interesante. Inicialmente parece que nos encontramos ante otro retrato bastante simplista de profesores que miran hacia otro lado y directivos incapaces de actuar porque determinados padres tienen demasiado poder, pero la historia va desarrollando las circunstancias y las consecuencias de sus decisiones hasta convertirlos en algo más que simples adultos incompetentes. Hay profesores bienintencionados que se equivocan, instituciones condicionadas por intereses ajenos al bienestar de sus estudiantes y una evidente incapacidad colectiva para intervenir antes de que las situaciones lleguen a extremos irreversibles.

Incluso personajes aparentemente secundarios, como la madre de Chris y su nueva pareja, interpretados por Heather Graham y Gil Bellows, reciben una atención que enriquece ese retrato de una comunidad repleta de contradicciones. Por cierto, confieso que tardé un buen rato en reconocer a Gil Bellows, el inolvidable Billy de Ally McBeal, uno de esos pequeños reencuentros televisivos que nos recuerdan que el tiempo pasa para todos.

Sin embargo, donde la serie termina de conquistarme es en la elección de su reparto, porque prácticamente todas las interpretaciones funcionan a un nivel extraordinario, especialmente las de Summer H. Howell y Samantha Sloyan como Carrie y su madre, Margaret White. Ambas tenían por delante la complicadísima tarea de interpretar a dos personajes convertidos en iconos del género gracias a Sissy Spacek y Piper Laurie, pero consiguen hacerlos suyos sin caer en la imitación, ofreciendo nuevas perspectivas de una relación marcada por el amor, el miedo, la dependencia y una concepción enfermiza de la protección materna.

Me parece especialmente interesante cómo Samantha Sloyan consigue construir una Margaret White diferente, menos abiertamente monstruosa en determinados momentos y mucho más reconocible dentro de ciertas corrientes contemporáneas de fanatismo, conspiracionismo y control parental. Su interpretación tiene además una intensidad que recuerda inevitablemente a su extraordinario trabajo en Misa de medianoche, aunque aquí el guion le permite explorar otras formas de manipulación, mientras que Summer H. Howell aporta a Carrie una inocencia y una necesidad de pertenencia que facilitan nuestra conexión emocional con ella.

Con todos estos elementos, la serie consigue mantener un ritmo francamente bueno durante buena parte de sus ocho episodios, introduce giros que pueden resultar más o menos previsibles y desarrolla una tensión que no necesita recurrir constantemente a los sustos porque sabemos perfectamente que estamos presenciando los preparativos de una tragedia. La gran virtud de Flanagan es que consigue que nos interesen los personajes incluso cuando conocemos su destino, construyendo un relato sobre la adolescencia, la represión, el fanatismo y la responsabilidad colectiva que tiene suficientes argumentos para justificar una nueva adaptación de Carrie.

A partis de aquí spoilers del acto final de la serie. 

El problema es que, cuando llega el momento de recoger todo lo sembrado, la serie parece tener miedo de enfrentarse a las consecuencias de su propia historia.

La gran fuerza de Carrie nunca ha residido exclusivamente en la imagen de una adolescente cubierta de sangre, sino en la contradicción moral que plantea su desenlace. Durante toda la narración hemos acompañado a una muchacha inocente, humillada, maltratada y privada de cualquier posibilidad de llevar una vida normal, por lo que resulta prácticamente imposible no desear que sus verdugos reciban alguna clase de castigo. Sin embargo, cuando ese deseo de venganza se materializa, la historia nos obliga a enfrentarnos a una violencia desproporcionada que transforma a la víctima en responsable de una nueva tragedia. Es precisamente esa incomodidad, esa dificultad para decidir dónde termina nuestra compasión y comienza nuestra condena, lo que convierte a Carrie en una obra tan perturbadora.

Flanagan parece demasiado interesado en proteger a su protagonista de esa contradicción y termina desplazando parte de su responsabilidad hacia una mitología sobrenatural mucho más amplia que la que conocíamos. La aparición de otros personajes con poderes, que la propia serie lleva anunciando desde su primer episodio, abre una puerta hacia un universo de conexiones paranormales que recuerda considerablemente al tratamiento de Doctor Sueño y a esa tendencia de Stephen King a relacionar sus distintas historias. No es una decisión completamente ajena al material original, pero sí supone un cambio fundamental de enfoque, porque lo que comienza siendo una tragedia profundamente personal acaba aproximándose a una historia de individuos extraordinarios enfrentados a fuerzas mucho mayores que ellos.

El resultado es un desenlace que, en lugar de resultar la consecuencia inevitable de todos los conflictos acumulados, introduce elementos que parecen estar ahí para garantizar que la historia pueda continuar. No tengo ningún problema con que una adaptación modifique acontecimientos, personajes o incluso el final de una obra que ya conocemos, especialmente cuando el objetivo es encontrar algo nuevo que contar, pero sí considero que esas modificaciones deben respetar el sentido de aquello que están adaptando. En este caso, la necesidad de ampliar el universo y dejar abiertas las puertas a futuras temporadas termina desdibujando uno de los aspectos más fascinantes del personaje de Carrie White: su capacidad para despertar simultáneamente nuestra ternura y nuestro horror.

Porque la Carrie de Flanagan es una protagonista a la que podemos comprender, acompañar y querer casi sin reservas, pero a la que la historia parece negarle la posibilidad de convertirse en alguien verdaderamente incómodo para el espectador. Paradójicamente, en su empeño por humanizar a todos los personajes, justificar sus comportamientos y explicar sus traumas, el creador termina restándole complejidad moral precisamente a aquella que debería ocupar el centro de la historia. Lo que en la novela y en la película de De Palma era una explosión devastadora de rabia, dolor y desesperación acaba diluyéndose en un entramado sobrenatural que puede resultar interesante por sí mismo, pero que no necesariamente necesitaba llevar el nombre de Carrie.

Es una lástima porque durante buena parte de sus ocho episodios me había convencido de que estábamos ante una de esas raras adaptaciones televisivas que justifican plenamente su existencia, aprovechando la duración adicional para enriquecer los conflictos y profundizar en personajes que anteriormente apenas conocíamos. Tenemos un reparto magnífico, un desarrollo narrativo sólido, una actualización contemporánea que funciona y un creador que demuestra conocer perfectamente tanto el género como las posibilidades del material de partida, pero que termina confundiendo la necesidad de contar algo diferente con la obligación de construir algo más grande.

Quizá el problema de esta nueva Carrie sea precisamente ese: que Flanagan ha conseguido desarrollar una historia de ocho episodios alrededor de una tragedia que conocemos de memoria, pero cuando llega el momento de enfrentarse a ella parece más preocupado por lo que podría contar a continuación que por cerrar satisfactoriamente lo que lleva toda la temporada construyendo.

Al final, esta Carrie funciona mucho mejor cuando habla de la crueldad de las personas normales que cuando intenta convencernos de que su verdadera historia está en los poderes extraordinarios de sus protagonistas. Y eso es especialmente frustrante porque, si algo nos enseñó Stephen King hace más de cincuenta años, es que no hace falta recurrir a monstruos sobrenaturales para descubrir hasta dónde puede llegar el horror humano.

Aún así es realmente adictiva, interesante y que merece la pena abiertamente nuestro tiempo. Y atención a cómo los créditos de Carrie van pasando del blanco al rojo con cada episodio, como la propia Carrie White acepta convertirse en Carrie Red. 

 

Mike Flanagan reinventa el terror de Stephen King, pero tropieza con su desenlace

8
8
Leave a comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *