Recién llegada de ganar el BAFTA a mejor comedia, *Amandaland* confirma algo muy difícil de conseguir: ser uno de esos rarísimos spin-offs que no viven de las rentas de la original, sino que consiguen encontrar personalidad propia. Y eso, viniendo de la brillantísima *Motherland*, parecía casi imposible.
Porque los spin-offs de secundarios suelen salir mal. Ahí están *Joey* o *The Cleveland Show* para recordárnoslo. Pero a veces ocurre el milagro y aparece un *Frasier*. Y *Amandaland*, salvando muchísimo las distancias, pertenece más a esa categoría.
La serie sigue a Amanda, una mujer rica, superficial y completamente delirante que vive atrapada en una fantasía aspiracional incluso después de que su exmarido le haya pinchado la burbuja obligándola a mudarse a los suburbios. Pero Amanda jamás permitiría que la realidad le arruinase el filtro de Instagram. Aunque ahora limpie su propia casa, trabaje en una tienda de cocinas y viva rodeada de vecinos normales, ella sigue comportándose como si fuese la reina de Chiswick.
Y ahí está la clave de por qué funciona tanto el personaje de Lucy Punch. Amanda es una mezcla imposible entre Hyacinth Bucket, una influencer de wellness y David Brent. Da vergüenza ajena constante, pero también muchísima ternura. Te ríes de ella… pero a veces también quieres que le salga bien algo. Aunque sea una colaboración cutre en redes sociales.
De hecho, *Amandaland* funciona incluso mejor como sitcom clásica que *Motherland*. Mientras la original tenía un tono más coral y más pegado al estrés real de la maternidad, aquí todo gira alrededor del desastre ambulante que es Amanda. Y eso convierte la serie en una máquina de chistes muchísimo más rápida y más absurda.
La segunda temporada va disparada desde el primer episodio: humillaciones públicas, fotos horribles en Google Maps, cafeterías hipsters, gentrificación, dramas adolescentes y Amanda intentando desesperadamente seguir siendo “la madre guay” cuando sus hijos ya están en esa edad en la que preferirían morirse antes que pasar tiempo con ella.
El guion está lleno de frases buenísimas y situaciones cada vez más ridículas. Joanna Lumley sigue siendo absolutamente maravillosa como la madre de Amanda, lanzando veneno en cada escena, y Philippa Dunne tiene quizá el arco más divertido de la temporada como Anne, la eterna amiga-punching bag que empieza por fin a sacar algo de carácter.
Eso sí, creo que la serie pierde un poco de la mala leche y la observación social afiladísima que tenía *Motherland*. Aquí hay más artificio de sitcom clásica, más comodidad, más “comfort TV”. Algunos personajes secundarios empiezan a moverse por tramas algo repetitivas y a veces puedes anticipar el remate del chiste antes de que llegue.
Pero sinceramente… da igual.
Porque *Amandaland* tiene algo muy difícil de fabricar: personajes con los que quieres pasar tiempo. Incluso cuando están haciendo cosas completamente mundanas como grabarse haciendo footing o discutiendo sobre un cobertizo. Y Lucy Punch está tan increíblemente bien que sostiene cualquier escena solo con una mirada de pánico social.
Es una serie cómoda, afilada, absurda y sorprendentemente entrañable. Amanda sigue siendo una snob insufrible atrapada en su propia fantasía aspiracional… pero ahora también es una perdedora. Y eso hace que sea todavía más divertida.
